UN DESAYUNO REAL
(Es decir, un recuerdo donde imagino ser un terrorista)

Ernesto Pérez Zúñiga



Hoy me ha traído el desayuno a la cama: una bandeja con una tetera metálica y un plato en el que había una única manzana de color verde intenso, que mi amante ha frotado hasta hacer evidente su belleza para alguien que se ha levantado, yo, el estúpido e insistente yo, inquieto una vez más por el tiempo que dedico a la preparación de la bomba: nunca el suficiente. Por supuesto, influye en mi retraso que estoy leyendo el manual de explosivos en una lengua que manejo con mucha imperfección, mayor imperfección que mi neurosis. Conectar cada uno de los cables es peligroso, por lo tanto ahora quiero concentrarme sólo en la manzana que me ha traído, puesto que ella ha mimado estéticamente el momento en que iba a entregármela. Así me hace admirar el amor que me tiene y comprender cómo tantas veces los cuidados estéticos –el arte mismo- son sólo vehículos del amor. ¿Debo deducir algún mensaje oculto, alguna amenaza del hecho de que, después de morder la manzana varias veces, haya descubierto que el corazón de la fruta –sólo el corazón- estaba podrido? Éste es el fatídico poder de la metáfora. Sobre la mesa, brillan herramientas y espoletas que también tienen corazón.