Juan Carlos Chirinos

—Me dejo engañar por la imagen de las mujeres. La forma de unos ojos o el tamaño de un pezón son suficientes para juzgar si una mujer es una leal esposa o una pérfida cuyos únicos objetivos en la vida son el dinero y las comodidades. Con los hombres no me ocurre lo mismo; tal vez se deba a que estoy más lejos de ellos que de las mujeres, con quienes comparto la totalidad de mi tiempo. No sé nada sobre la maldad de la testosterona. En cambio, he aprendido a reconocer la bondad en el levantamiento de una mano, la envidia en el recorrido de una lágrima por la mejilla y la lujuria en la respiración tranquila de los sueños. No creo que haya alguien con tan buen entrenamiento en las artes de conocer los sentimientos del alma femenina y, sin embargo, he de reconocer que me dejo timar por la imagen de las mujeres. En cuanto percibo cómo se levantan unas nalgas o cómo juega una con las puntas de sus cabellos (esas serpientes traicioneras) ya no puedo dominarme y me entrego a todo tipo de trampas, urdidas solamente para que nadie pueda reconocer las verdaderas intenciones de su dueña. Lo que es una virtud, mi capacidad para percibir cada aspecto del cuerpo femenino, se convierte en el artificio que me aleja del verdadero conocimiento del alma que habita ese cuerpo, tal como si de uno de esos trucos que en el Renacimiento los artistas utilizaban para engañar las percepciones de los espectadores; el cuerpo de la mujer es el trampantojo que la naturaleza ha creado quién sabe con cuáles fines. Ahora que comienza este siglo nuevo y que se han desarrollado tantas teorías acerca de la sexualidad masculina y femenina; ahora que conocemos mejor las reacciones del ser humano y nadie pondrá ningún reparo si digo que gran parte de estas reacciones son producto de una complicada red de combinaciones químicas y de interacciones de fluidos invisibles entre los cuerpos, me atrevo a declarar, y declaro, que soy la víctima más inocente del ardid que se crea ante la imagen de las mujeres. El mundo debería estar conformado sólo por palabras, por secuencias de frases diseñadas para explicar el mundo de tal manera que nos sirvan para la vida cotidiana —declaró, solemne, Alfio Curtius, el fotógrafo de moda, antes de entrar en el harén donde las chicas de turno esperaban, lubricadas, el clic que las inmortalizaría.

Haec ubi locutus faenerator Alfius,
iam iam futurus rusticus,
omnem redegit idibus pecuniam,
quaerit kalendis ponere
Horacio
iam iam futurus rusticus,
omnem redegit idibus pecuniam,
quaerit kalendis ponere
Horacio
—Me dejo engañar por la imagen de las mujeres. La forma de unos ojos o el tamaño de un pezón son suficientes para juzgar si una mujer es una leal esposa o una pérfida cuyos únicos objetivos en la vida son el dinero y las comodidades. Con los hombres no me ocurre lo mismo; tal vez se deba a que estoy más lejos de ellos que de las mujeres, con quienes comparto la totalidad de mi tiempo. No sé nada sobre la maldad de la testosterona. En cambio, he aprendido a reconocer la bondad en el levantamiento de una mano, la envidia en el recorrido de una lágrima por la mejilla y la lujuria en la respiración tranquila de los sueños. No creo que haya alguien con tan buen entrenamiento en las artes de conocer los sentimientos del alma femenina y, sin embargo, he de reconocer que me dejo timar por la imagen de las mujeres. En cuanto percibo cómo se levantan unas nalgas o cómo juega una con las puntas de sus cabellos (esas serpientes traicioneras) ya no puedo dominarme y me entrego a todo tipo de trampas, urdidas solamente para que nadie pueda reconocer las verdaderas intenciones de su dueña. Lo que es una virtud, mi capacidad para percibir cada aspecto del cuerpo femenino, se convierte en el artificio que me aleja del verdadero conocimiento del alma que habita ese cuerpo, tal como si de uno de esos trucos que en el Renacimiento los artistas utilizaban para engañar las percepciones de los espectadores; el cuerpo de la mujer es el trampantojo que la naturaleza ha creado quién sabe con cuáles fines. Ahora que comienza este siglo nuevo y que se han desarrollado tantas teorías acerca de la sexualidad masculina y femenina; ahora que conocemos mejor las reacciones del ser humano y nadie pondrá ningún reparo si digo que gran parte de estas reacciones son producto de una complicada red de combinaciones químicas y de interacciones de fluidos invisibles entre los cuerpos, me atrevo a declarar, y declaro, que soy la víctima más inocente del ardid que se crea ante la imagen de las mujeres. El mundo debería estar conformado sólo por palabras, por secuencias de frases diseñadas para explicar el mundo de tal manera que nos sirvan para la vida cotidiana —declaró, solemne, Alfio Curtius, el fotógrafo de moda, antes de entrar en el harén donde las chicas de turno esperaban, lubricadas, el clic que las inmortalizaría.




