COCHES DE NIÑOS

José Balza



Al tercer día, y justo donde la inmensa avenida se transformaba, fue cuando Erja Vettenranta dio importancia única al detalle.

Para entonces era veinte de abril, el cielo seguía siendo esmalte de azul claro y la temperatura demasiado fría, aunque los tulipanes de los pequeños jardines centrales asomaban ya sus cabezas poderosas y de sutiles colores.

Acababa de abandonar el hotel y caminaba con prisa porque había descubierto de repente que el sweater elegido no era suficientemente protector. Y no podría devolverse: estaba casi segura de que alguien la observaba. Notó que el tráfico era fuerte, mientras que en las amplias aceras todavía andaba poca gente.

Pronto alcanzaría el subway, pero detuvo un taxi y lo abordó. Debía estar ya en Broadway con la 79. Dentro del auto le pareció que el sol era más fuerte afuera.

Y entonces advirtió que el curioso detalle volvía a repetirse casi en cada cuadra: alguna madre presurosa, ligera la bufanda colgante, empujaba con cuidado un par de cochecitos.

Como en los días anteriores, Erja supuso que la capota estaría algo inclinada, que los niños irían abrigados; que ambos cochecitos transportaban muellemente su preciosa carga; que la multitud, dentro de poco y como antes, no los tomaría en cuenta, a menos que alguien hiciera un gesto de ternura hacia los pequeños.

Esto de ahora era lo que había estado notando, al caminar por la inmensa avenida, desde su llegada. Quizá entre la 60 y la 100, la abundancia de aquellas madres rubias con sus dobles bebés, resultara inusitada. Pero ni ella misma hasta anoche, había destacado el hecho.

La calle rutilante de los espectáculos cambiaba al desembocar en Columbus. El parque parecía domesticarla. Luego venían los edificios sobrios, como ese de alegres rombos que está en construcción, y las grandes tiendas que no duermen. Y entonces los árboles de la isla central otorgan a la avenida un tímido aire familiar, con hierba delicada al pie y los frescos tulipanes pujantes.

Había sido desde ese cambio de la calle cuando comenzó a notar el excesivo y raro transporte de los niños.

¿Desde cuándo ocurría así? ¿Podía estar tan pronto presenciando una prueba? ¿O precisamente por tal detalle había sido enviada aquí? Su Oficina de Servicios la hizo viajar meses atrás desde Helsinki —donde ha trabajado siempre— a Tel-Aviv. Bajo la apariencia de una especialización en negocios, dictada por organismos oficiales, recibió la información secreta: ya había sido seleccionada la ciudad en que se realizaría el gran ensayo. Ensayo que sería, descubrió ella con asombro, una prueba decisoria, si no la única y la última. Dentro de los entrenadores, un científico, disidente local y miembro de su Servicio, sólo de manera directa les había transmitido la información.

Tenía ya tres días aquí. Primero el cansancio de un viaje en zigzag; luego la aparente libertad de que gozaría durante una semana. El discretísimo hotel en que había sido ubicada —un lugar para profesores extranjeros por la 74. Por lo demás, estaba preparada, como los otros anónimos especialistas de su Servicio.

¿Eran responsables algunos dirigentes de Tel-Aviv del proyecto y la prueba? ¿O la ciudad sirvió de enlace a su servicio para disimular el verdadero centro, ubicado en alguna otra zona del planeta y concebido y dirigido por otra nación? Ella nada sabía al respecto o poseía datos que sólo con el desarrollo posterior de las cosas iban a adquirir coherencia. Su entrenamiento en aquella ciudad podía ser comprendido como la negación de que ésta formara parte del asunto; o de que en un gesto audaz, todo se originara allí.

Cuando recibió el boleto con destino a la ciudad de New York, supuso, era obvio que los superiores de su Servicio ya habían establecido el itinerario secreto. Pero el hecho de que no se le dieran instrucciones al respecto también podía significar que, como ella, muchos agentes estaban siendo colocados en importantes ciudades del mundo.

Tuvo el impulso de detener el taxi y bajar a una Estación. Le habría gustado acercarse a una de aquellas primeras mamás que ahora comenzaban a diluirse en la multitud creciente, y observar con detenimiento, haciendo algún comentario cariñoso acerca de los bebés.

Pero eso resulta peligroso, sobre todo en estos momentos cuando está segura de haber sido espiada desde su salida del hotel. ¿O desde antes?

Evoca entonces los dos días anteriores, sus paseos de las mañanas y las tardes. En cada ocasión había encontrado a las madres con sus cochecitos para niños. (Un máximo de tres por cuadra). Desapercibidas entre escolares y otras mujeres. Quizá sólo notables en las esquinas, al agruparse con el cambio de los semáforos. Y aun así nadie hubiera percibido algo extraño.

Madres, niños, sí, pero dídimos. ¿Una casualidad en esta zona de la ciudad? ¿Efecto de la vida regularizada, de la novísima alimentación? ¿O, acaso, efectos de un cambio genético?
Ayer, cuando se descubrió pensando así, sintió un sobresalto. Aprovechó los instantes en algunas esquinas y observó con cuidado a varios de los transportes infantiles. (¿Fue descubierta por hacer eso?). Bajo la pequeña pantalla protectora, rostros de niños sonrosados, sanos, complacidos. ¿Exageradamente normales?

No, se trataba de una casualidad. Este paraíso infantil simbolizado por madres cuidadosas y pequeños acunados con dulzura carecía de misterio, de peligros implícitos. ¿Su reiteración? Otra coincidencia, quizá un resultado positivo de fármacos, de investigaciones, de la potencia erótica. En esta ciudad, como en todas, a cada paso hay un expendio de medicinas, tan actual que vende desde joyas y refrescos hasta sustancias sorprendentes.

Y como contraparte, ni una señal acerca de la situación desde su Servicio. ¿O esa discreción era también una manera de destacarla?

En su bolso, la mínima computadora. En su pulsera, un teléfono invencible. ¿Debía llamar, consultar? Volvió a pensar que debería detener el taxi. Había dado una dirección popular, vista en los planos de la ciudad. Desde allí, ella tenía que elegir un tren u otro taxi, hasta que el Servicio mismo la localizara. Estaba pautado.

Y era el tercer día acordado, antes de que concluyera la semana libre. ¿Una práctica, un simulacro? O un índice especial en la agenda de los Agentes. Poco después de ese contacto, lo intuía, comenzarían sus acciones concretas. Por lo menos así lo había concebido ella.

Trató de calmar la leve, inquietante sensación de alerta que la acompaña desde su salida del hotel. Nunca ha desobedecido a ese sentimiento. Sus años de experiencia y esta singular misión eran la evidencia de su calidad como empleada. ¿Quién podía imaginar —lo sabe, siempre lo supo— que con su delicadísima figura de balletista, su claro pelo largo, su andar elegante y frágil, poseía la fuerza de un deportista único? ¿Quién podía hallarle semejanza con los agentes secretos?

Pero, se dijo mientras las esquinas escapaban por la ventanilla como luces brillantes, ¿y si ella estaba absolutamente sola en la ciudad? ¿Si tenía que identificar, atender y resolver a su manera lo que pudiera estar ocurriendo?

Entonces no había sido ubicada en ese hotel por azar: estaba en el centro del peligro, cualquiera que éste fuese, para que lo notara y lo calibrara. Y para que propusiera una respuesta. En su bolso reposan recursos extraordinarios. ¿Y si los niños no eran el señuelo?

Antes de arribar a la ciudad ya había sopesado ciertos elementos de la misión: no, esta no era una lucha entre enemigos, enemigos comunes. Erja se sabía, como siempre, en la magnífica vida que el Servicio permite a sus Agentes. Numerosas veces había resuelto casos y peligros. Pero en esas ocasiones tuvo alguna claridad para detectar a los contrincantes. (Su Servicio nunca definía a los opositores; el núcleo mismo del Servicio podía considerar cuándo un enemigo dejaba de serlo; todo a su favor).

En la tarea de hoy, Erja vislumbra de repente poderes opuestos nunca antes presentidos. Sí, esta vez se trata de alguna disyunción entre Estados. Gobiernos que han iniciado la destrucción de otros, o su transformación; un Estado que inicia cierta experiencia dentro de sí mismo: la creación de algo definitivo, de una nueva colocación para la realidad. Algo que, en verdad, tal vez no signifique peligro para nadie: una sustitución del mundo como había sido. Y ella es el testigo privilegiado que lo registrará con eficacia, con naturalidad. Pensar esto la hizo sonreír. ¿O era que había amanecido insegura, aprensiva, aunque estaba acostumbrada a la soledad, a los cambios?

El mandato había sido no comunicarse. Esperar. Y resumir su pensamiento cuando tuviese la seguridad de algo. El mínimo dispositivo que recibiría las sospechas y conclusiones de ella también estaba en su muñeca. Bastaría con aplicar algunas claves para informar. (¿Informar a quiénes, a dónde?).

Detuvo el taxi y caminó un poco. La mañana adquiría calor. Estaba en una zona residencial, con cierto tráfico. Vio asomar por una esquina a una mujer con dos cochecitos. Erja debía beber pronto algo caliente. Observó su muñeca y el aro de metal. Tuvo por segundos el deseo de escapar, de renunciar a aquella misión. Respiró con fuerza. Imposible. No tenía vida aparte ni lugar en el mundo. Todo lo suyo estaba registrado de manera milimétrica en algún archivo de su Servicio.

Mientras caminaba hacia un Café, dos madres jóvenes y robustas pasaron a su lado conduciendo pares de cochecitos. No parecían conocerse entre ellas. Columbró las faces saludables de cuatro pequeños.

Había llegado a este sitio común por sí misma —o eso creyó decirse. Tenía la opción de modificar su itinerario. Bebería un té. Y, ya sentada, mirando por los cristales el suave paseo de alguna otra madre con sus cochecitos, desde esa mesa anónima, fríamente Erja decidió pulsar las teclas señaladas. Prefería arriesgar todo de una vez. Recibiría un regaño o causaría un trastorno impredecible. Pero algo así también podía permitirse una mujer bella; algo que podía ser su único gesto de libertad.

NYC, 2006

Del libro de próxima publicación El doble arte de morir (Bruguera)