Ernesto Pérez Zúñiga
Tira de El joven Lovecraft, de José Oliver (guión) y Bartolo Torres (dibujos)
Diábolo Ediciones, abril de 2007
He leído a Lovecraft desde la adolescencia temprana, justo en esa edad en la que se estaban construyendo las cañerías -galerías, soledades- de mi universo literario. Recuerdo que la pul-sión tenebrosa que entonces encontraba en libros como Poeta en Nueva York, necesitaba una compensación narrativa que también sondara las cosas del otro lado. Buscaba entonces por las librerías de Granada los libros de Lovecraft que sólo publicaba Alianza. Los tomaba –en ese época en que la literatura tenía para mí un sentido mítico, casi religioso- con la misma devoción que atrapaba los relatos de Cortázar o los poemas de Vallejo. Me encerraba en mi cuarto con la locura de Lovecraft –tengo todavía el tacto de aquella lana alpujarreña de mi colcha- y nada me daba una llave más extraña para viajar más lejos.
Hasta entonces yo había leído muchas historia de miedo y quizá mi autor favorito era Sheri-dan Le Fanu y, en concreto, un relato llamado «El vigilante», que narra una persecución en mitad de calles solitarias, donde sólo se oían los pasos de la culpa encarnada en un extraño personaje. Las historias de miedo que yo había leído hasta entonces eran sobre todo fantasías que exteriorizaban problemas internos del ser humano: la culpa, la venganza, la necesidad de perpetuarse más allá de la vida, la debilidad por la sangre y por los instintos, la creación, la duda, el desasosiego, la pregunta. Sólo en Lovecraft encontré un terror más despiadado, un lugar indefinible donde la humanidad vive a merced de algo que no comprende, que la supera y que la devora si es preciso, y también si no lo es. Antes de Lovecraft –hablo de mi expe-riencia de lectura- el universo armónico tenía agujeros por los que se llegaba al infierno. Des-pués de él, el universo caótico tuvo un poder infinito de crueldad, capaz de arrastrar consigo cualquier intento de armonía.
La imaginación de Lovecraft inventa un nuevo laberinto de dioses y criaturas terribles. De alguna manera, mitifica todas las posibilidades que tiene la realidad para mostrar de cuando en cuando algo que, siendo inclasificable, es poderosamente eficaz, real.
Me acuerdo ahora del verano, un verano de lecturas de Lovecraft, en algún crepúsculo en el que paseaba por una playa que por fin se iba vaciando; me recuerdo mirando el horizonte del mar —aquel plomo acuático, inestable, levemente amenazante— a la espera de algo que no podía saber y que sin embargo estaba al acecho.
Éste es el mal de Lovecraft. La enfermedad de Lovecraft consiste desde entonces para mí en indagar, en esperar de cualquier punto de la naturaleza —o en el lento ascensor que subía has-ta el piso doce— una revelación dañina.
La herrumbre de un espejo, qué hastío es el que oculta.
Y, la superficie siniestra del océano, por qué parece enviar colores que significan algo que nunca antes un ser humano haya comprendido. ¿Qué son esos colores y, sobre todo, qué hay dentro de esos colores?
Yo diferencio entre lo que Lovecraft me ha dado en sus relatos como lector y lo que Love-craft enseñó al escritor. Y esta última enseñanza paradójicamente tiene que ver más con lo poético que con lo fabulístico: un tipo de mirada que lo sonda todo, y que lo espera todo de cualquier instante cotidiano: una mirada telescópica hacia lo irracional y lo oculto, una mirada que, si quiere, puede llegar a una lejanía peligrosa y nebulosa, y hacerla expresable a través de la palabra.
Esa lejanía pertenece, en la ficción, a un mundo que quiere ser consciente, ser sacado a los dominios de la luz; pero, además, Lovecraft tuvo el talento de construir su belén pavoroso sacando las figuras de una introspección oculta y oscura: las ciénagas del inconsciente.
Tira de El joven Lovecraft, de José Oliver (guión) y Bartolo Torres (dibujos)Diábolo Ediciones, abril de 2007
He leído a Lovecraft desde la adolescencia temprana, justo en esa edad en la que se estaban construyendo las cañerías -galerías, soledades- de mi universo literario. Recuerdo que la pul-sión tenebrosa que entonces encontraba en libros como Poeta en Nueva York, necesitaba una compensación narrativa que también sondara las cosas del otro lado. Buscaba entonces por las librerías de Granada los libros de Lovecraft que sólo publicaba Alianza. Los tomaba –en ese época en que la literatura tenía para mí un sentido mítico, casi religioso- con la misma devoción que atrapaba los relatos de Cortázar o los poemas de Vallejo. Me encerraba en mi cuarto con la locura de Lovecraft –tengo todavía el tacto de aquella lana alpujarreña de mi colcha- y nada me daba una llave más extraña para viajar más lejos.
Hasta entonces yo había leído muchas historia de miedo y quizá mi autor favorito era Sheri-dan Le Fanu y, en concreto, un relato llamado «El vigilante», que narra una persecución en mitad de calles solitarias, donde sólo se oían los pasos de la culpa encarnada en un extraño personaje. Las historias de miedo que yo había leído hasta entonces eran sobre todo fantasías que exteriorizaban problemas internos del ser humano: la culpa, la venganza, la necesidad de perpetuarse más allá de la vida, la debilidad por la sangre y por los instintos, la creación, la duda, el desasosiego, la pregunta. Sólo en Lovecraft encontré un terror más despiadado, un lugar indefinible donde la humanidad vive a merced de algo que no comprende, que la supera y que la devora si es preciso, y también si no lo es. Antes de Lovecraft –hablo de mi expe-riencia de lectura- el universo armónico tenía agujeros por los que se llegaba al infierno. Des-pués de él, el universo caótico tuvo un poder infinito de crueldad, capaz de arrastrar consigo cualquier intento de armonía.
La imaginación de Lovecraft inventa un nuevo laberinto de dioses y criaturas terribles. De alguna manera, mitifica todas las posibilidades que tiene la realidad para mostrar de cuando en cuando algo que, siendo inclasificable, es poderosamente eficaz, real.
Me acuerdo ahora del verano, un verano de lecturas de Lovecraft, en algún crepúsculo en el que paseaba por una playa que por fin se iba vaciando; me recuerdo mirando el horizonte del mar —aquel plomo acuático, inestable, levemente amenazante— a la espera de algo que no podía saber y que sin embargo estaba al acecho.
Éste es el mal de Lovecraft. La enfermedad de Lovecraft consiste desde entonces para mí en indagar, en esperar de cualquier punto de la naturaleza —o en el lento ascensor que subía has-ta el piso doce— una revelación dañina.
La herrumbre de un espejo, qué hastío es el que oculta.
Y, la superficie siniestra del océano, por qué parece enviar colores que significan algo que nunca antes un ser humano haya comprendido. ¿Qué son esos colores y, sobre todo, qué hay dentro de esos colores?
Yo diferencio entre lo que Lovecraft me ha dado en sus relatos como lector y lo que Love-craft enseñó al escritor. Y esta última enseñanza paradójicamente tiene que ver más con lo poético que con lo fabulístico: un tipo de mirada que lo sonda todo, y que lo espera todo de cualquier instante cotidiano: una mirada telescópica hacia lo irracional y lo oculto, una mirada que, si quiere, puede llegar a una lejanía peligrosa y nebulosa, y hacerla expresable a través de la palabra.
Esa lejanía pertenece, en la ficción, a un mundo que quiere ser consciente, ser sacado a los dominios de la luz; pero, además, Lovecraft tuvo el talento de construir su belén pavoroso sacando las figuras de una introspección oculta y oscura: las ciénagas del inconsciente.




