LA MÁQUINA IMPERFECTA

Juan Carlos Méndez Guédez


Imperfecto. Lápiz y digital. Tomado de Mis primeras 80.000 palabras, Editorial Mediavaca, 2003.


Una sospecha. Ese ritmo, esa tersura. Una novela de Banville.
¿Tendrá toda gran pieza de un gran novelista una música que desde el primer párrafo la dibuja y la anuncia?

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Pienso en las notas anteriores. Me ocurre lo mismo con las novelas de Muñoz Molina.
Sus primeros párrafos: inmensos, extenuantes, llenos de oraciones subordinadas, y plenos de detalles que sólo alguien con una prosa virtuosa puede atreverse a incorporar, anuncian la fiesta de cada novela suya.
En ese párrafo inicial ya se adivina un estilo, una honda mirada, un tono.
Y el libro y nosotros nos desdibujamos hasta que desaparecen las palabras, la páginas, las letras, nuestras manos y ojos. Somos una historia en cuya penumbra transitamos, encantados por la música de una prosa que es como un río frotándose sobre las piedras de la orilla.

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Ese momento anterior al libro mismo: su perfección, tal y como quiero leerla en el poema de Fabio Morabito: «imagina la casa// es el mejor momento de una edificación/ todo es limpio y posible// todo es un don del aire/ todavía no hay nada/ que contar, sólo sueños».

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Esta mañana recordaba algo que me dijo la viuda de Onetti en Madrid. Conversábamos sobre los últimos cinco años de la vida del escritor, y ella contó que para ese entonces él no se levantaba de la cama. «Para qué necesito más. En la cama leo, escribo, hago el amor». Ese fue el descubrimiento de sus últimos tiempos, el espacio en el que todo era posible, el ombligo del universo. El lugar propio.
Luego termino de leer las memorias de Canetti y distingo un trozo de mar desde el balcón.
¿Pasaremos la vida entera junto al lugar propio, sin reconocerlo?

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En el diario de Canetti: «Escuchar a la gente sin desear vencerla».
Estremecimiento al leer esa frase. ¿quizás al reconocerme en ella? O todo lo contrario, ¿quizás al pensar que es una de mis miserias más repetidas?
Quizás el saber que a veces estoy dentro y a veces fuera de esa frase.
Los libros deberían ser eso. Una prosa en la que tu voz, sea la voz escuchada a esos otros a quienes nunca tratas de vencer.

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La fascinación no es erudita, no es enumerativa, no es monstruosamente totalizadora, no es pedagógica ni moralmente descifrable. La fascinación (y eso compone la voz de quien narra novelas) se construye con emociones, con pequeñas intrigas, con encuentros y desencuentros, con omisiones, con secretos en voz baja, con intimidad.
El lector de una novela debe sentir que se le está susurrando o diciendo en voz baja una historia especial a la que él asiste por un raro privilegio. Lo mismo que ocurre en esos extraños instantes cuando alguien en medio de la noche nos confiesa su vida.

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Semanas atrás R termina un dibujo y me lo muestra. «Es una niña que llora porque está perdida». Le pido que la ayudemos a volver y durante unos instantes juego a entrar dentro del folio para tomar la muñeca de la mano y dirigirla a su hogar. «Sólo tú puedes salvarla», le digo a R: «dibuja un camino junto a ella, un camino para que pueda volver a casa», le sugiero. Así lo hace.
Luego pienso que sólo he querido enseñarle una de las fascinaciones que produce construir una ficción: tener con nuestros personajes la compasión que Dios, si es que Dios existe, no tiene con nosotros.

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Dice Carlos Marzal: «Cuando Flaubert dijo aquello de Madame Bovary soy yo no quería decir que era el personaje sino la novela al completo, la escritura de la novela, cada coma, cada tachadura. Eso es lo verdaderamente autobiográfico de la literatura».
Yo no dejo de pensar en esas comas y en esas tachaduras que incorporan quienes leen nuestros manuscritos. Esos amigos, esos lectores cercanos, esos correctores cuyos ojos pasan sobre nuestra historia antes de que se publique.
Me gusta pensar que algo de ellos se filtra en ese libro, que mi autobiografía es también esa mano ajena, su comentario, su rechazo, su sugerencia.
Soy ellos.

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¿Roth, Rilke, Camus? Debo revisar los libros leídos en estos días, pero en alguno se hablaba de una noción que me interesa particularmente. La tristeza sin nostalgia. Se trataría de un estado plano, estéril, inútil. Una tristeza hueca de la que nada puede brotar.
La escritura, creo yo, puede ubicarse precisamente en otro espacio. La tristeza con nostalgia. La carencia evidente, la carencia por venir, activan una energía suave que deriva en anécdota, en imagen, en prosa. Un universo que estaba a punto de extinguirse se reaviva, (pienso ahora mismo en ese magnífico cuento de Ribeyro, Los otros, donde él pospone con su texto el olvido de sus compañeros de juventud que murieron en esa época), y del aparente hundimiento personal irrumpe el vigor de la escritura.

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La novela: una máquina de fabricar imperfecciones.